o de cómo aprendí que la fotografía no se enseña. Se hereda.
Antes de Lumena, antes del primer Photoshop, antes de la primera web que monté a finales de los noventa, hubo un hombre con una Rolleiflex y un laboratorio en casa.
Se llamaba Alejandro Sanz Alcay. Era mi abuelo materno. Y era coctelero en El Molino.
El Molino, para quien no lo sepa, era —y sigue siendo— un cabaret en el Paralelo de Barcelona. En los años cuarenta y cincuenta, cuando mi abuelo trabajaba allí, era uno de esos lugares donde la miseria de la posguerra y el espectáculo convivían sin mirarse demasiado a los ojos. Vedets, músicos, luces de colores, humo. Y mi abuelo detrás de la barra, con la Rolleiflex guardada en algún sitio.
Porque él también fotografiaba allí. No como encargo. Por necesidad.
La Rolleiflex es una cámara de formato medio, 6×6. Dos objetivos —uno para enfocar, otro para disparar— y un visor que miras por arriba, hacia abajo. No puedes disparar de golpe. Te tienes que parar. Agacharte. Ver el mundo al revés en el vidrio mate, reencuadrar, respirar, y entonces sí. Esa cámara te enseña a mirar antes de disparar.
Mi abuelo tenía varias cámaras. Leica también, pero hablaba sobre todo de la Rollei. La meravella de format mig, decía. La maravilla del formato medio.
Los domingos salía a pasear y a hacer fotos. Solo. Por las calles de Barcelona. Street photography, lo llamaríamos ahora. Él lo llamaba anar a fer fotos.
Y en casa tenía el laboratorio. Revelaba él mismo. Me explicaba las cosas con la paciencia de alguien que ha hecho algo miles de veces y ya no necesita pensar para hacerlo: las longitudes focales, las velocidades, la trepidación, la exposición. El hiperfocal —esa técnica de ajustar el foco para que la mayor parte del encuadre salga nítida sin tocar más nada— para tener la cámara siempre lista para disparar.
«Pot sortir fosca o cremada, però porta-la amb hiperfocal sempre per si de cas. La resta, amb química es soluciona.»
Puede salir oscura o quemada, pero llévala con hiperfocal siempre por si acaso. Lo demás, con química se arregla.
Tenía treinta años cuando me di cuenta de que eso era una filosofía de vida entera metida en una frase técnica.
Había luchado en la guerra. Con los republicanos —els rojillos, decía él, sin drama, como quien habla del equipo de fútbol que le tocó. Le hicieron prisionero dos veces. Dos veces se escapó. Una vez, en una playa, una ráfaga de metralladora le pasó tan cerca del brazo que siempre decía que había notado el aire de las balas.
Y luego volvía a casa con la Rolleiflex.
Estuvo siempre enamorado de mi abuela. Hasta el final. Era eso: un romántico que hacía fotos y que sabía escaparse cuando había que escaparse.
Me regaló mi primera cámara. Una Konica. No un juguete —una de las suyas. Un hombre que tenía varias cámaras y eligió una para ponérmela en las manos.
No recuerdo qué edad tenía. Recuerdo que pesaba.
Lo último que le pude enseñar fue la primera cámara digital de Apple. Una cosa con una calidad horrible —los primeros píxeles eran una broma comparados con lo que venía— pero él la sostuvo, la miró, hizo dos fotos, y entendió.
No me preguntó para qué servía ni si era mejor que la Rolleiflex. Me dijo que era el principio de algo.
Ese hombre había visto las ferrotipos, el blanco y negro, el Kodacolor, y ahora veía esto. Y lo entendía como lo que era: un cambio de mundo, no de herramienta.
Poco después murió.
Me quedé con la tranquilidad de haberle podido enseñar hasta dónde había llegado lo que él me había puesto en las manos.
Ahora dirijo una agencia donde la inteligencia artificial contrata fotógrafos para alimentar sistemas de contenido a escala. Trabajo en la intersección entre la imagen y los modelos de lenguaje. Hay días que pienso en qué habría dicho él.
Creo que habría cogido la cámara, habría mirado hacia abajo en el visor, y habría dicho que lo demás, con química, se soluciona.
Abuelo, mira fins on hem arribat.